Jean Lartéguy, mirada alta

Uno puede imaginarlo todavía. Jean Lartéguy, mirada alta. Chaqueta oscura de pana, camisa blanca de cuello fino. Un botón por cruzar, sin corbata. Gaullista, escéptico, lúcido. De palabras y silencios, hombre de derrota. Lartéguy fue la clase de soldado para quien morir en batalla –rostro firme, arma empuñada– es la forma más noble de hacerlo. A Lartéguy le repugnaba la intelectualidad francesa que, apoltronada en sus sillones, bebiendo whiskey caro, con las piernas cruzadas y fumando de pipa, juzgaba los métodos de guerra de sus tropas y relativizaba las intenciones del enemigo. Nació en el Valle del Marne, el 5 de septiembre de 1920, y murió un día como hoy, hace cinco años, en París. Lartéguy avanzaba donde las bombas abrían camino.

Su nombre comenzó a cobrar fuerza en toda Francia con Los centuriones, novela que vendió cerca de 700.000 ejemplares. Militar, escritor, periodista. Una granada durante la batalla de Heartbreak Ridge, en 1951, le retiró del frente de guerra. Desde entonces no empuñó fusil ni machete. Con todo, visitó cada lugar donde Francia estuvo en guerra, entre el 51 y el 73, escribiendo crónicas para populares magacines parisinos. Lartéguy nunca renunció a dar testimonio desde los rincones donde el hombre no encontró límites. En 1955 recibió el premio Albert-Londres, máxima distinción periodística en el país, por sus artículos sobre la guerra de Indochina.

La epifanía alcanzaba al escritor francés con el recuerdo de lo vivido. Sin grandes variaciones ni interpretaciones alambicadas. Debe ser éste un territorio común. Arturo Pérez Reverte, afamado novelista, fue corresponsal de guerra durante casi veinte años. En una conversación con Enric González, Don Arturo cuenta cómo le impresiona que algunos amigos suyos, también escritores, sean capaces de escribir 300 páginas sobre el contorneo de una mujer. Él reconoce sin modestia que se siente incapacitado para ello: “Cuando yo hablo de violar, de matar, de degollar, de muertos, de soledad, de miedo, de incertidumbre, de viajes… no me lo estoy inventando, estoy buscando en mi memoria, en mi archivo personal. Cuando una novela mía funciona no es por mérito narrativo del autor, es porque todo eso ya lo he vivido antes”.

(…)

El capitán tenía una granada en la mano. La destornilló, teniendo la cuchara apretada en la palma.

“Sólo tengo que dejarla caer a mis pies cuando los viets estén sobre mí, y contar uno, dos, tres, cuatro, cinco –pensó–. Después nos iremos todos juntos de este mundo, ellos y yo. Moriré, según la tradición, como el tío Joseph en 1940, como mi padre en Marruecos, y como mi abuelo en el Chemis des Dames. Claude irá a aumentar el batallón negro de las viudas de los oficiales. Será bien acogida y encontrará parentela. Mis hijos irán a la Flèche y mis hijas a la Legión de Honor”. [1]

(…)

La guerra llamó a su puerta. Con 19 años se presentó voluntario para combatir a la Wehrmacht, que dejaba carnicerías a su paso. Él mismo relató un caso particular, verdadero o no, que escenifica el doblegamiento de toda una nación. Lartéguy, incorporado en un escuadrón que se disolvía, perdió la pista de su unidad. Mientras la buscaba se topó con un grupo de soldados nazis. Se creyó muerto en aquel momento. Para entonces los alemanes comenzaron a reír, a lanzarle chocolatinas, a vitorearle con sarcasmo. Se sabían vencedores; ni siquiera lo hicieron preso. Semanas después el gobierno de Pétain firmaría el armisticio con Hitler y Francia pasaría a ser territorio controlado por el Reich. Lartéguy escapó hacia España, ya en 1942, donde fue detenido. Estuvo nueve meses en prisión hasta que logró escapar, escondido entre dos sacos de arroz, para unirse a los destacamentos de Charles De Gaulle en el norte de África.

La calidad literaria de su obra es a todas luces cuestionable. Pero fue un militar valeroso y un hombre comprometido. Lartéguy estuvo allí. Jamás renunció a sus ideales, por los que defendió la libertad de vivir y morir, y lo demostró en varias ocasiones. A finales de los cuarenta se sumó a un grupo de maquis en Cataluña organizado para el derrocamiento de Franco. Dicen que fue la propia Inteligencia francesa quien propició su entrada en la Península y el contacto con los rebeldes. El plan carecía de vigor, estaba débilmente estructurado, así que no pasó mucho tiempo hasta que volvieron a encerrarlo; en esta ocasión no tuvo que planear huida: fue liberado por los franquistas. Un día reconoció –uno intuye que con sonrisa malvada– que podía hacer una guía de todas las cárceles de España. Volvió a las filas francesas y marchó hacia Corea, donde tenía lugar una de las contiendas más violentas de la Guerra Fría, todavía viva. Era 1950. Un año después una granada le obligó a regresar. Fue cuando tomó la pluma y entregó la espada.

Había publicado, antes de Los centuriones, cuatro novelas y media docena de libros de no ficción. Ninguna de sus obras despertó gran entusiasmo. Tuvo que llegar la guerra de Argelia, que tantas ampollas levantó en la opinión pública –una guerra mediática, en perpetuo escaparate; mucho más que la de Indochina–, para conducir a miles de lectores hasta la obra cumbre de Lartéguy, donde un grupo de militares libra la batalla ensalzando sus valores románticos, la defensa de la patria y el combate cuerpo a cuerpo, sin la tecnología sofisticada que deshumaniza el enfrentamiento. El éxito de ventas fue tremendo y pronto su editor le empujó a escribir dos libros adicionales, con tangible precipitación, para conformar una trilogía ambiciosa: Los mercenarios, que apareció a finales del mismo año, en 1960; y Los pretorianos, que lo hizo en 1961. [2]

(…)

C, yo les decía: “Esto no está bien. Lo hacemos porque su gobierno nos lo ha ordenado, pero desagrada y nos da asco”. Unos simulaban no comprenderme, o creer que lo decía en broma. Otros respondían con un tranquilizador gesto de mano: “Esto es por Francia”. [3]

(…)

Ninguna obra volvió a halagarle con portadas. Son pocos sus lectores. En castellano apenas pueden rescatarse dos o tres novelas y, todas ellas publicadas por Emecé, deben andar perdidas en librerías de viejo. Cayó en el olvido. Todas ellas descatalogadas.

¿Quién recuerda a Jean Lartéguy? ♦


Retrato de Jean Lartéguy / Louis Monier

Retrato de Jean Lartéguy / Louis Monier


[1] Fragmento de Los centuriones, 1960.
[2] Que aquello se convirtiera en trilogía no fue más que una estratagema comercial. Sólo Los centuriones y Los pretorianos guardan relación entre sí. Los mercenarios no es más que una reescritura de Du sang sur les collines –Sangre en las colinas, en castellano–, novela ambientada en la guerra de Corea y publicada en 1954 sin despertar un remarcable interés en los lectores.
[3] Fragmento de Los centuriones, 1960.

Más publicaciones de Jorge Raya Pons.

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