Szymborska, ojos oscuros

Szymborska quería tener los ojos claros solo porque los suyos eran oscuros. Tantas veces deseamos ser quienes no somos. Pero ella, Wislawa, supo ser única en el modo en que lo son unos pocos dedos. Ella fue voz y parte; ella fue tortura y aliento. Un día escribió que debían ser dos por cada mil personas a quienes les gusta la poesía: “como les gusta la sopa de caldo/ como les gustan los cumplidos y el color azul” [1]. En tiempos de podredumbre su inspiración se reveló como luz que guía, tardíamente reconocida.

Todas las épocas son políticas; los seres humanos somos políticos. “Szymborska es, ante todo, una poeta de la conciencia”, escribió otro gigante de las letras, Czeslav Milosz. “Esto significa que nos habla a nosotros, reservándose para sí misma sus asuntos privados, pero haciendo referencia a lo que cada uno sabe de su propia vida”. La gran dama elevó su poesía al grado mayor del siglo XX.

Convivió con la etapa soviética, con sus consiguientes fases de enamoramiento y desengaño. Se educó bajo una doctrina de elusión de la lágrima con un padre que deseaba un hijo; en cambio tuvo a Wislawa. Se afilió al Partido, se enfrentó al Partido, se exilió de Polonia. Admiró a Fellini, a Dickens, a Woody Allen. Reverenció a Chopin sobre todas las cosas: por ser de alma valiente y pocas palabras. Repudió la sociedad del espectáculo y manifestó que confesarse públicamente era “como perder tu propia alma”. Tenía contados pero buenos amigos; Wislawa era la clase de mujer que no tacha los nombres de los difuntos de su agenda.

Quizá seamos una generación de prueba
vertidos de un recipiente a otro
agitados en las retortas,
observados por algo más que un ojo,
cada uno por separado
cogidos al final con pinzas.
[2]

Aunque nació el 2 de julio de 1923 en Bnin, un pueblecito cercano a Poznan, su vida trascurrió en Cracovia, donde se mudó su familia cuando ella tenía seis años. El dibujo le apasionaba, pero su gran talento residía en el verso. Un día de 1945, cuando el bloque de los Aliados ya había firmado la derrota, la joven Wislawa irrumpió en la revista Dziennik Polski para dejar sin nombre dos kilométricos poemas que había escrito. No conmovieron a los redactores. No obstante, uno de ellos, Witold Zechenter, vio algo nuevo en aquellos versos y se ocupó de que al menos uno de ellos saliera publicado. Lo hizo, en versión reducida –“porque era largo como una solitaria”–, bajo el nombre de Busco la palabra. [Tómense un respiro, léanlo].

Este hecho resulta fundamental en la trayectoria de Szymborska: la gran dama confesó más adelante, como recuerda su traductora al castellano Elzbieta Bortzklevicz, que “si lo hubieran rechazado posiblemente jamás hubiera vuelto a escribir poemas”.

Fue en Cracovia donde conoció a sus dos grandes amores: Adam Wlodek –estuvieron casados desde 1945 hasta 1954– y Kornel Filipowicz –su pareja durante 21 años–. Su amor hacia Adam fue el más intenso, con todas sus etapas. Adam siguió siendo siempre el primer lector de sus poemas. Así que cuando Adam enfermó decidió acompañarlo. Hasta su muerte en 1986.

Amor feliz. ¿Es normal,
es serio, es útil? –
¿Qué provecho tiene el mundo de dos personas
que no ven el mundo?
[3]

Cuando recibió el premio Nobel de Literatura a los 73 años, en 1996, apenas había concedido diez entrevistas; todas ellas brevísimas. Aseguraba que lo que tenía que contar estaba en sus libros. En consecuencia, sus dos biógrafas, Anna Bicont y Joanna Szczęsna, declararían que “Szymborska no facilitaba hechos, no recordaba fechas”. [4]

Con todo, reconoció en los últimos años de su vida que había trabajado duro para crear una imagen pública agradable, feliz, por momentos despreocupada. Pero aquellos ojos –profundos, foscos como la noche– tenían virtudes mayores que la mentira: sufrió terribles depresiones y largas temporadas de angustia y reclusión.

En 2012, un día como hoy, murió Wislawa Szymborska a los 88 años.

Es una gran suerte
no saber del todo
en qué mundo vivimos.
[5]

Nada ha cambiado, gran dama, no hay nada nuevo bajo el Sol. Pero tú negarás que esta máxima, sin embargo, sea cierta. “Tú mismo”, me dirás, “has nacido nuevo bajo el Sol” ♦

Szymborska, 2008 / Jerzy Dudek (Fotorzepa)

Szymborska, 2008 / Jerzy Dudek (Fotorzepa)


[1] A algunos les gusta la poesía, Fin y principio, 1993.
[2] Quizá todo esto¸ Fin y principio, 1993.
[3] Amor feliz, Si acaso, 1972.
[4] Bicont, Anna; Szczęsna, Joanna: Trastos, recuerdos (Pre-textos, 2015). 
[5] Es una gran suerte, Fin y principio, 1993.

Más publicaciones de Jorge Raya Pons.

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