Hawthorne y la alegoría narrativa

En 1873 Nathaniel Hawthorne le escribió a Longfellow: «Me he convertido en prisionero de mí mismo, me he encerrado en una mazmorra y ahora ya no encuentro la llave para ponerme en libertad –y si la puerta estuviera abierta casi tendría miedo de salir». Con este testimonio se ve hasta qué punto vivió recluido, ajeno a sus coetáneos como Poe. En vida no se le reconoció como uno de los grandes hombres de las letras estadounidenses. Tampoco acababa de causar sensación entre las revistas literarias de la época, aunque muchos sabían de su calidad narrativa y admiraban su enorme potencial.

Tenía una forma peculiar de crear, Jorge Luis Borges lo explica: «Hawthorne primero concebía una situación, o una serie de situaciones, y después elaboraba la gente que su plan requería. Este método puede producir, o permitir, admirables cuentos, porque en ellos, en razón de su brevedad, la trama es más visible que los actores, pero no admirables novelas, donde la forma general (si la hay) solo es visible al fin y donde un solo personaje mal inventado puede contaminar de realidad a quienes lo acompañan».

Borges llegó a declarar que no lo consideraba un verdadero novelista. Sin embargo, autores de la talla de Henry James y Ludwig Lewisohn creían que La letra escarlata era una gran novela y la obra más representativa del autor.

La utilización de la alegoría se tornó objeto de discusión en el siglo XIX, muchos pensaban que se trataba de un género menor de la literatura. Croce defendía que la forma y el contenido funcionan de la mano, por lo tanto, le parecía monstruoso que pudieran crearse dos contenidos mediante una sola forma.

El siguiente fragmento ha sido extraído de un relato de Egoísmo, o la serpiente en el pecho, de Hawthorne:

 “Es fácil imaginarse que, al hacer de la propia serpiente –si en verdad tenía una serpiente en el pecho– el signo del error fatal, el pecado escondido o la conciencia sin sosiego de cada hombre, y al morder sin piedad en lo más sensible, Roderick se convirtió en una verdadera plaga. Nadie podía evitarlo; nadie podía resistirlo. Se enfrentaba a la verdad más horrible que se le pusiera delante y obligaba a sus adversarios a hacer lo mismo.”

La víbora es símbolo de la conciencia del individuo. Por eso Roderick Ellington –poseedor de una serpiente en el pecho– tiene la capacidad de captar la hostil presencia en cuerpos ajenos. El resto de seres también sufre tormentos, y debe dejar de lado la visión piadosa de Roderick para volver los ojos hacia su interior:

 “Un día se encontró con un político ambicioso y se interesó gravemente por la salud de su boa constrictora; la serpiente de ese caballero, afirmó Roderick, no podía pertenecer a ninguna otra especie, pues su apetito era tan enorme que bastaría para devorar el país entero y su constitución.”

La alegoría en la literatura de Hawthorne es un elemento que sirve de eje y define la idea principal, el trasfondo del cuento. Aunque muchos la consideren un género menor de la literatura, si el autor hizo uso de ella es porque pensaba que la esencia del relato así lo requería. Esto se debe a una simple razón: la necesidad de generar una reflexión moral.

Una narración breve debe tener toda la intensidad que pueda depositar su artífice en los hechos, los variados escenarios y la confluencia de todos los elementos en un estallido final. No obstante, cuando existe un argumento visible en la superficie y otro que se arrastra por los bajos fondos –la serpiente y el pecado de Roderick–, la historia puede no lograr el impacto necesario.

Se ha conservado los cuadernos de notas en que Nathaniel apuntaba sugerencias o ideas, en uno de 1936 está escrito: «Una serpiente es admitida en el estómago de un hombre y es alimentada por él, desde los quince a los treinta y cinco, atormentándolo horriblemente». Y más tarde añade: «Podría ser un emblema de la envidia o de otra malvada pasión». Según Borges, «el deseo puritano de hacer de cada imaginación una fábula lo inducía a agregarles moralidades y a veces a falsearlas y a deformarlas».

Ilustración de 'El velo negro del ministro'.

Ilustración de ‘El velo negro del ministro’. Fuente: American Lit.

No es una coincidencia que Nathaniel creciera en el seno del puritanismo. Los puritanos creían en un elitismo religioso. El sacrificio de Jesús no fue para todos los hombres, sólo para algunos, dichosos de ascender al reino de los cielos. Con tal objetivo ciertas conductas quedaban descartadas, y sólo los hombres más limpios lograban realizarse. Así se comprenden las múltiples alegorías del autor de Cuentos dos veces contados. Había heredado la necesidad de vivir con arreglo a una moral y ésta, a través de la alegoría, se convertía en un arma de doble filo, capaz de paliar la intensidad de algunos cuentos y de generar un perfil distinto al del resto de autores, introduciendo la moraleja en el romanticismo oscuro.

El velo negro del ministro habla de un Reverendo que aparece un día con un velo cubriendo sus rasgos, frente al horror de sus feligreses. La gente comienza a murmurar que puede tratarse de una excentricidad, o peor aún, de un pecado del enmascarado, conducido por una peculiar penitencia.

El velo es la alegoría. En la superficie del relato está el harapo que vela los ojos del hombre, mientras que por debajo aparece su crimen, la historia de un acto oscuro que le perseguirá hasta el día en que exhale su último aliento.

Nathaniel empleó la figuración con constancia. Muchos insistirán en que este no es un género de la literatura pura, dirán que es más práctico emplearlo en conceptos filosóficos que esclarezcan una verdad. Puede que tengan razón, pero dudamos que alguien cuestione la validez de La Divina Comedia de Dante Alighieri –aunque Poe haya cuestionado los poemas épicos– una de las más brillantes alegorías que se han elaborado.

No sólo existieron detractores frente a la alegoría. Chesterton vindicó a Croce, pensaba que el significado de las cosas iba más allá del lenguaje humano estructurado por una forma y un contenido. Esta apertura a la complejidad del universo daba cabida a la alegoría, la música y la arquitectura. Debe concluirse que la esencia de la cuestión no radica en la validez universal de unas técnicas, sino en el avance de los tiempos y el deterioro de las modas, que nos hacen descartar la utilidad literaria de la alegoría, una técnica que teniendo en cuenta su potencial y sus limitaciones puede resultar tan apropiada como cualquier otra.


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