Algo de cierto hay en Gabriel

Algo de cierto hay en Gabriel García Márquez: nadie le conoció en absoluto. «Desde chiquitito, Gabito siempre ha sido un mentiroso. En toda su vida no ha hecho otra cosa que contar mentiras», reconoció en una entrevista su padre. Como en aquel cuento de Raymond Carver en el que una madre cree que su hijo siempre fue un buen chico «si dejamos aparte sus arrebatos y el hecho de que nunca dijera la verdad».

Gabo, como cariñosamente era conocido, se divertía desorientando a los periodistas. Logró convencerles de que nació el 6 de abril de 1928 —celebrando su setenta aniversario en el 98, cuando, ciertamente, ya los había cumplido doce meses antes— y de que su mágico retorno a Aracataca en febrero de 1950, acompañado de la madre que un día le abandonó, sirvió como impulso para escribir su primera novela, La hojarasca.

Xavi Ayén, jefe de sección de Cultura en el diario La Vanguardia y autor de Aquellos años del boom, fue uno de los hombres que mejor le conocieron en su estancia en España: «Todo lo que respecta a información sobre la vida de García Márquez es una tortura para los biógrafos. Va lanzando pistas falsas y mentiras constantemente».

Pero sus torsiones de la realidad jamás llegaron a empañar su verdad periodística. En aquellos tiempos en los que «todavía no era famoso», recuerda Ayén, «no se podía permitir el lujo de despistar a la gente y que le rieran la gracia como cuando ya fue galardonado con el Nobel». Fue esta la época en la que escribió Relato de un náufrago.

Eran mediados de los 50 y Gabriel García Márquez trabajaba para El Espectador, aunque, como matiza el periodista catalán, «no era de sus reporteros más espabilados». Todavía no era la estrella cuando escribió Balance y reconstrucción de la catástrofe de Antioquia, El Chocó que Colombia desconoce y La verdad sobre mi aventura, el reportaje que le cambió la vida, la antesala de lo que hoy comprendemos como Relato de un náufrago.

Gabriel García Márquez en 1966 en Ciudad de México. FOTO: Hernán Díaz

Gabriel García Márquez en 1966 en Ciudad de México / Hernán Díaz

Sobre esta historia, los periódicos, las radios y las televisiones narraron cómo el 28 de febrero de 1955 ocho miembros de la tripulación del destructor Caldas, de la Marina de Guerra de Colombia, habían caído al agua y desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. Tras cuatro días de búsqueda sin éxito, los marineros fueron declarados muertos por las autoridades competentes.

Para sorpresa de toda la nación, que recibió conmovida las informaciones del accidente, la aparición de un náufrago justo una semana después en «una playa desierta en el norte de Colombia», como explicó Gabo, generó una enorme confusión entre los mandatarios locales, que primero le proclamaron héroe de la patria y después le abandonaron a su suerte.

El hombre que estuvo «diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber» —como reza el subtítulo del libro posteriormente editado— fue Luis Alejandro Velasco y, según el autor del reportaje, se enfrentó incluso a los tiburones que, con insoportable puntualidad, le acechaban cada día sobre las cinco de la tarde.

Le mantuvieron ingresado tres semanas en un hospital naval, donde tan sólo había tenido la ocasión de hablar con comunicadores afines al régimen de Rojas Pinilla, los cuales colmaron sus diarios de pequeñas anécdotas relacionadas con la desventura del joven marinero. En apariencia, ya todo se había dicho.

Hasta que la historia no llegó a Gabriel García Márquez, la verdad no salió a la luz. «Es un reportaje de investigación: aporta un dato escandaloso y oculto sobre un hecho del que había hablado todo el mundo», asume Ayén.

El reportero colombiano tuvo acceso al náufrago y no necesitó más que las palabras que éste le brindó para destapar un caso de extraordinario interés público. Se ganó su confianza. Preparó veinte sesiones de seis horas cada una. En ellas soltó preguntas tramposas para determinar si las respuestas guardaban coherencia. No fue hasta la cuarta cita que advirtió que lo oficialmente decretado y la realidad de lo ocurrido no coincidían en absoluto:

—¿Cómo fue la tormenta que desató el desastre? —le preguntó Gabo.
—Es que no hubo tormenta —respondió.

La versión institucional acababa de derrumbarse ante las palabras del único superviviente. Los datos que éste aportó fueron, de hecho, confirmados por los servicios meteorológicos, que definieron aquel febrero como «uno de los más mansos y diáfanos del Caribe».

Gracias a las pesquisas de García Márquez, los periodistas de El Espectador revelaron que la verdad, lo que realmente ocurrió, fue que un golpe de viento provocó la caída de la carga —por otra parte mal amarrada en la cubierta— y de los marineros. Circunstancia que, según la cabecera colombiana, se produjo tras la comisión de tres graves negligencias: el transporte de mercancías en un buque militar, la incapacidad de maniobra del destructor a causa de la sobrecarga y el hecho en sí mismo de que el material fuese de contrabando.

Gabriel García Márquez con la escritora mexicana, nacida en Francia, Elena Poniatowska, ganadora del Premio Cervantes 2013. FOTO: Reuters

Gabriel García Márquez con la escritora mexicana, nacida en Francia, Elena Poniatowska, ganadora del Premio Cervantes 2013. FOTO: Reuters

El reportaje fue publicado durante catorce días consecutivos y, avecinándose la hecatombe política, los militares se defendieron de un modo más sutil que mediante el embargo. Como Gabo describió en una carta escrita en Barcelona en 1970, «la dictadura, de acuerdo con una tradición muy propia de los gobiernos colombianos, se conformó con remendar la verdad con la retórica». El régimen, por tanto, trató de desmontar lo publicado y desmintió que el destructor llevara mercancía de contrabando.

Como ya tenía en mente el día después, García Márquez había solicitado al náufrago la lista de compañeros de tripulación con cámara fotográfica. «Una semana después», expresó, «apareció el relato completo en un suplemento especial, ilustrado con las fotos compradas a los marineros».

En las instantáneas aparecían, junto a los tripulantes, las mercancías. Con etiquetado y marca. Evidenciando la ilegalidad del asunto. La dictadura, ahora sí, respondió con menor consideración: clausuró el periódico, acabó con la carrera de Luis Alejandro Velasco y casi le costó el pellejo a Gabo. El náufrago, más allá de las presiones y las represalias, jamás negó una sola línea de las publicadas por El Espectador.

Como en tantas otras cuestiones, Gabo contaba con distintas versiones de las cosas que sucedían en su vida. En ocasiones aseguraba anteponer la ficción al periodismo y en otras lo opuesto. Y así con todo. Sin embargo, como Ayén proclama, «más que por sus palabras, hay que valorarle por las cosas que escribió y que hizo».

De no haber sentido esa pasión por la crónica, interpreta Ayén, «jamás habría creado una Fundación de Nuevo Periodismo y sí, como Mario Vargas Llosa, un premio para jóvenes novelistas». «Tiene mucho que ver con su voluntad de dejar un legado para mejorar el periodismo, y eso no se hace por algo por lo que no se siente adoración», concluye el periodista catalán.

Pocos años antes de su muerte, García Márquez contó en una entrevista que Elena Poniatowska, poeta mexicana, le perdió el manuscrito de uno de sus libros. Ella exclamó que jamás tuvo esos papeles. Le llamó contrariada y le preguntó por qué andaba por ahí diciendo eso. Y él, alegremente, le respondió: «Tú sígueme la corriente, que así es mejor».

Más publicaciones de Jorge Raya Pons.

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One comment

  1. Cuando inicie mi estudios de derecho, pense en que jamas debia abandonar mi formacion de escritor y periodista autodidacta. y cuando me retire de la carera de derecho nunca me arrepenti pues sabia que la ciencia juridica me permitiria conocerle y saber mas. Ahora que soy funcionario publico me dedico al cabo de tres decadas a seguir escribiendo pues a decir de gabio es la profesiona mas completa del orbe. y es verdad
    eduardojimemac@hotmail.com
    eduardo jimenez

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