¿Dónde está Gregorio Morán?

Hay dos cosas que el lector debe saber antes de clavarle el diente al texto: la primera, que la autora nunca llegó a entrevistar al protagonista. Por eso eligió, como forma legítima de cercarle, hablar con personas que conociesen o bien la obra, o bien al hombre. La segunda, que Gregorio Morán (Oviedo, 1947) —por mucho que se quiera leer sobre él, y como buen periodista de investigación— es del todo inescrutable.


I
¿Dónde está Gregorio Morán?

Le escribí una primera vez a la dirección de Sabatinas intempestivas, su columna semanal de La Vanguardia, diciéndole que estaba interesada en su obra Adolfo Suárez, historia de una ambición. Yo entonces -parece que fue hace una vida- no sabía nada de Gregorio Morán, apenas que era hombre de frente despejada, que cargaba bolsas bajo dos ojos claros y vidriosos y que su libro intercalaba exquisito periodismo de investigación con algunas vísceras calientes.

Gregorio Morán | S. GONZÁLEZ VALERO

Gregorio Morán | S. GONZÁLEZ VALERO

Le escribí otra vez, también sin respuesta, y todavía aguardé cierta ilusión de accesibilidad hasta descubrir que Gregorio Morán vive en Barcelona, que revisa el correo de higos a brevas, que no tiene móvil y que estaba pasando unos días en China. Morán es un tipo analógico en un mundo digital, un anacoreta por elección, rehusando lo sacro, y cuando regresó al continente se me hizo igual de ilocalizable: estuvo presentando su último libro, El cura y los mandarines, en silenciosa peregrinación por A Coruña, Valencia y Zaragoza.

Mientras el autor continuaba, impertérrito, con su vida -ésta es una realidad desoladora para el candor del periodista principiante- yo leía sobre él, me hacía preguntas en voz alta. Los interrogantes de Gregorio Morán me provocaban una angustia de teléfono descolgado. Empecé a entender al autor así, desde la desesperanza: una vez soñé que me lo encontraba en la parada del bus y a diario le buscaba en las caras de hombres vetustos de fular y sombrero. Un día, almorzando en un restaurante, un amigo, jugando con mi incipiente obsesión, exclamó: “¡Coño!, ¿no es ése Morán?”, y el corazón me saltó al plato antes de percatarme de su descojone.


II

Inventando al chico que paseaba en bermudas

Me confieso: más que el Gregorio del presente, mi objeto de estudio es el Morán del pasado. El tipo genuino de dientes desordenados que se plisaba los puños de la camisa y se arrojaba a la máquina de escribir. El que vivía cómodo con poco en un pequeño piso del barrio madrileño de Tetuán. El que fumaba puros y leía a Herbert Marcuse, a Anaïs Nin, a Jean-Paul Sartre, —Trotski y Guevara, invisibles, en la piel. El que escuchaba a Pete Seeger e iba al cine a ver películas de Berlanga. El que paseaba de la mano con Montserrat, su revolución dentro de la revolución. El que un día de enero de 1979 decidió desbeatificar al presidente del Gobierno del momento y consagrarse como periodista de investigación con su obra Adolfo Suárez: historia de una ambición. El que dedicó el trabajo a sus hijos, Guillermo y David, de tres años y dos meses, “con el deseo de que lo lean y entiendan algo de nuestra historia reciente”.

Quiere una tirarle de la manga de la chaqueta a ese Morán joven pero nunca cándido y decirle que se quede un rato, que por qué tanta prisa. Que me cuente qué hay de verdad y qué de leyenda en su malditismo, qué farsa fue la España de la Transición, cómo llevó a cabo su labor de investigación, qué riesgos, qué logros, qué cosas en el camino. Quiere una viajar en el tiempo, tal vez más atrás, y entender las bases de la conciencia del autor, los principios edificadores del niño que paseaba en bermudas por Oviedo sin imaginar que, años más tarde, su sola mención pondría a todo el establishment a temblar.

“Gregorio era el pequeño de tres hermanos”, recuerda Montserrat Galcerán, catedrática de Historia de la Filosofía de la Complutense y esposa del periodista en la etapa que nos ocupa. “Su padre, teniente de los Regulares [fuerzas militares españolas creadas en 1911, en África y con personal indígena], se prestó voluntario para combatir, mientras que su madre, de herencia socialista, perdió a dos hermanos en la lucha”. En casa de Gregorio Morán nunca acabó la guerra civil. La sangre hacía su llamada desde frentes contradictorios. Aunque más tarde lograra desasirse de cualquier influencia nativa, a los diecinueve años y después de trasladarse a Madrid para estudiar Arte Dramático Morán ya formaba parte del clandestino partido comunista. “Gregorio siempre ha sido un intelectual independiente, pero en determinados años tenías que comprometerte y ser activista. Luchar contra el franquismo desde ningún sitio no conducía absolutamente a nada”, matiza Antonio Rubio, periodista de investigación y amigo del autor. Morán estuvo asociado al PCE hasta 1976, seis meses antes de su legalización, cuando “se quedó sin silla”, como advierte Montserrat Galcerán.

Las alianzas estratégicas de Carrillo terminaron de desencantarle del comunismo. A partir de este punto, Morán se convierte, de una vez y para siempre, en el “heterodoxo transversal por excelencia”, como explica Carlos Prieto, periodista cultural de El Confidencial y experto en su obra. “En España, un periodista como Morán es un exotismo: aquí no se concibe la crítica política en sentido amplio, sino la crítica partidista”. Guillem Martínez —periodista de El País Catalunya, autor de varios libros sobre la Transición y asiduo comensal en la mesa de Morán sostiene que el autor “es un tipo repleto de manías y parcialismos”, no obstante, “conversa con sus subjetividades, las documenta, acredita, y, a la postre, crea un producto inteligente con el que el lector puede discutir”.

Adolfo Suárez saluda al rey Juan Carlos I en Santiago de Compostela, 1976 / ABC

Adolfo Suárez saluda al rey Juan Carlos I en Santiago de Compostela, 1976 / ABC

En el 79, Morán tenía 31 años, dos hijos, ningún contrato; Suárez era un presidente del Gobierno sin biografía me dirán que no se juntaron el perro y el hueso. Dos amigos, Estrella y Juan, le prestaron a Morán un millón de pesetas para elaborar, en nueve meses, la obra desmembradora del presunto mesías de la democracia. La investigación de este tomo abarca desde 1932, año de nacimiento de Suárez, hasta el julio del 76 en el que fue designado por el Rey para hacerse cargo del Gobierno.

El primer obstáculo a la hora de defender con diligencia esta labor fue estar estudiando una historia viva. Como el propio autor admite en el prólogo, “siempre queda alguna persona que nos faltó por ver, algún dato que carecimos de medios para verificar, o alguna mentira que admitimos por el simple hecho de ser firmemente expresada”. La segunda complicación fue que la mayoría de los hechos que retrata el libro acontecieron bajo un sistema tan poco permeable a la información como la dictadura franquista. Por lo demás, “la investigación no fue particularmente difícil. Las fuentes querían hablar. Algunas llegaron a contactar con Gregorio por iniciativa propia. Se sentían estafados”, afirma Monserrat Galcerán. Aunque, treinta y siete años más tarde, Morán sigue negándose a identificar esas voces, su ex compañera se refiere, fundamentalmente, a los resentidos del régimen, prolíficas fuentes viudas. Y, vaya por Dios, también fieles lectores: “El libro se vendió no porque lo comprara gente cercana al PSOE o a los movimientos sociales. El libro lo compró la derecha, que ardía por cargarse a Suárez”, evoca la catedrática.

Tanto fue así que vendió más de 100.000 ejemplares en un año, avalado por Planeta y sorteando las intentonas censoras. Una, la del gobierno, que, en un arranque de lucidez, aseguró a un Morán impenitente que ganaría más sin publicar la biografía que haciéndolo. Otra, la de ciertas empresas libreras, que compraron la obra para nunca venderla. Una última, la más espinosa, que no intentó volatilizar el libro, sino al autor. “Los que tenían miedo a lo que escribía Morán, lo ignoraban para tratar de desacreditarle. Por eso ha caído, en ocasiones, en cierta marginalidad”, reflexiona Guillem Martínez. “Hay que tener en cuenta que, hasta los movimientos sociales del 15-M, cualquier proyecto novelístico o periodístico que no favoreciese la cohesión social era considerado ETA, por aquello de la democracia débil. En este sentido, Morán demuestra que el análisis escrupuloso implica incapacidad para estar en la pomada”.

Esa soledad -a ratos económica, a ratos sentimental- que le persigue a uno toda la vida “es a lo que se arriesga alguien que, por ejemplo, hace una biografía crítica de un presidente que está en el cargo”, sonríe Carlos Prieto. “Pero precisamente ésta ha sido la tarea fundamental de Morán en democracia: la revisión crítica de la Transición in situ. Él la radiografió desde dentro, vivió la época y conoció a las fuentes. Eso convierte su trabajo en imprescindible y su firma en prestigiosa”.

La formación como director de escena del autor le prestó una lente especial para componer y entender el escenario del momento: en definitiva, la Transición no fue tan diferente a un teatro. Sólo hay que observar la terna manipulada por Juan Carlos I y Torcuato Fernández Miranda para elegir nuevo presidente: esa reunión del Consejo aún carece de acta. El pseudomilagroso ascenso político de Adolfo Suárez que detalla el periodista se caracteriza por su escasa formación, su nulo gusto por la cultura e incluso su incapacidad para aprobar dos oposiciones (una, yendo favorecido a dedo); todo ello trufado con dotes de simpatía, voluntad, servilismo y sensible olfato hacia el poder.

Adolfo Suárez y Felipe González mientras se fraguaban los Pactos de la Moncloa, 1978.

Adolfo Suárez y Felipe González mientras se fraguaban los Pactos de la Moncloa, 1978.

Gregorio Morán, además de vastísima documentación declaraciones, periódicos y memorias y más de cien entrevistas, plasma en su obra un conocimiento casi esotérico del fuero interno de los personajes. De nuevo, su ojo dramático llega más hondo, más lejos. Muestra también un refinado tacto en la recreación de diálogos, una perversa ironía y cierta crueldad narrativa; claro que el niño rebelde ya entendió hace rato que el periodismo no es un sacerdocio y que la independencia intelectual le cuesta a uno hasta la amabilidad. “Este oficio, si se ejerce bien, es como una muela: puede machacarlo todo, pero lo único que destroza a la muela es el azúcar”, asevera Guillem Martínez.

Pero, ¿quién enseñó a Morán el oficio de investigar? ¿Cómo pudo plantar bandera con sólo 31 años? “Gregorio fue autodidacta. La militancia te hace acelerar los procedimientos. Cuando hay necesidades, el ingenio florece. Si además, como él, te has leído todo lo que está publicado y para encontrar a una persona no tienes internet… eso sí que es un máster. Estuvo exiliado en Francia y aprovechó para completar su formación, imagínate. Un verdadero erasmus”, cuenta Antonio Rubio. “Escribir durante el franquismo te enseña a decir las cosas sin decirlas. Era un aprendizaje constante, no le dábamos valor al dinero. Lo único que primaba era cambiar lo que no nos gustaba: el régimen”.

Es esa intencionalidad de la que habla Rubio la que vive en el ADN del periodista de investigación. A pesar de que la dictadura de Franco agonizase en la cama y no en la calle, a pesar de que el Rey dimitiera para blindar la monarquía. A pesar de que -irónica, la vida- un Suárez apaleado acabase dándole las gracias a Morán por su biografía “más objetiva”. A pesar de las espinas históricas y los precios periodísticos de la verdad.

La obra de Morán se ha vuelto de revisión obligatoria. Más ahora, que el pacto no escrito de alternancia de partidos —vicio de la Transición— está empezando a perturbarse. Especialmente ahora, que parece que las mentes comienzan a abrirse y se atreven a escapar de las órbitas impuestas.


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