Alberto Jonquières: “Julio Cortázar era un tío majo, muy grandote y tocaba muy mal la trompeta”

Camino velozmente hacia mi destino, el café Lisboa de la plaza del Collado, situada justo tras la Lonja de Valencia. He tenido que comprarme una pequeña libreta para emplearla como cuaderno de notas, el frenesí me hace siempre olvidar casi la mitad de lo que debo llevar encima. Aún no es la hora, el tiempo me concede algo de margen esta vez.

Atravieso la lonja y observo el ínfimo guión que acabo de hacerme para la entrevista, habrá que ver si se extiende en sus contestaciones, si me da lo que busco o será más bien un coyuntural encuentro de afirmaciones y negativas. Y cómo será, cómo será mirar a alguien que ha sido tan amigo de Julio, me pregunto fruto del idealismo de un mitómano.

Alberto Jonquières es un fotógrafo que retrató a Julio Cortázar en varias ocasiones, lo conoció muy de cerca y prácticamente ha dedicado su vida a la fotografía. Su padre, a través de quien conoció a Julio, fue pintor y poeta, hay una publicación llamada Cartas a los Jonquières que está integrada por ciento veintiséis cartas y trece tarjetas postales ordenadas cronológicamente, que Cortázar envió a Eduardo Jonquières, padre de Alberto, y a su mujer, María Rocchi, desde febrero de 1950 hasta febrero de 1983.

Por fin veo mi destino y a Alberto, me escondo unos minutos tras el quiosco, dubitativo, y una vez armado de valor, me acerco a él.

—¿Es usted Alberto? —le pregunto a un hombre entrado en años, al advertir una cámara entre sus piernas.

Què dius?

Ah, disculpem, havia pensat que era una altra persona.

Me siento de nuevo a esperarle, elijo el ángulo adecuado para la recepción, que no haya mucho ruido en las mesas colindantes, que nos hallemos refugiados y a la vez liberados… y parece que se acerca alguien.

—¿Alberto? Yo soy Fer, un placer.

—Buenas —me estrecha la mano.

—Pídete algo si quieres. Si no te importa voy a empezar a grabar ya. ¿Cómo se conocieron tu padre y Julio?

—Cómo te puedo explicar… Se conocieron hace muchísimos años, cuando eran jóvenes, ambos profesores, fueron muy amigos y se frecuentaron toda la vida hasta la muerte…

No sé si conoces la vida de Cortázar, se vino a Europa en el 52, trabajó traduciendo obras de Edgar Allan Poe, y para la Unesco, mi familia llegó en el 59 a París.Yo tenía 11 años, me acuerdo como si fuera ayer. A los 11 años estás despierto, paseaba por todo el barco, me metía por todos lados, me hice amigo del capitán, del marinero, me llevaban por las salas de máquinas… Fue un viaje precioso.

Nuestros padres nos habían educado en la cultura europea, todas las piedras viejas y estas cosas que no hay en Argentina, como la Lonja, allí no existen. Es decir, existen, pero son del siglo XVIII.

—¿Qué relación tienes con este país?

—Viví 20 años en España, cuando se murió Paquito (Francisco Franco) vine. Estuve en una agencia de prensa en Madrid (Capa Press) y saqué fotos a Santiago Carrillo, Adolfo Suárez, Felipe González… Mucho movimiento durante la transición democrática. Me casé con una valenciana, tuve una hija, Diana, y vengo muy a menudo aquí. Tenemos una casa en Jávea. Ahora estoy aquí un poco de pasada, aunque no deje de postergar la vuelta, la semana que viene me vuelvo a París; tengo que hacer unas traducciones.

Tengo una relación muy buena con la gente de aquí, me siento como en casa, he vivido 30 años en París, pero a los parisinos no los entiendo.

—¿Por qué?

—La cultura en Francia está muy presente, son muy respetuosos con ella y especiamente con los derechos de autor. Los franceses son cartesianos, gente prodigiosamente organizada, no como en Argentina o aquí, donde todo se va dejando y acaba yendo mal. Acuden en hora a las citas, no faltan nunca o si lo hacen, suelen tener grandes excusas. Todos están ocupadísimos, a veces se pasan los franceses, por ejemplo el pensat i fet (expresión valenciana traducible como pensado y hecho) es impensable allá.

Para trabajar lo agradezco, pero por otro lado son demasiado cuadrados, se dan mucha importancia, sacan sus agendas haciendo ver que siempre están ocupados, y se creen el obligo del mundo, que no lo son. Tal vez lo hayan sido, pero se quedan un poco en el siglo de las luces.

Retrato a Alberto Jonquières (III). Autor: Nacho Errando.

Retrato a Alberto Jonquières (III). Autor: Nacho Errando.

—Te quería preguntar sobre las fotos de la trompeta que le hiciste a Julio. ¿Cuándo fueron?

—Una tarde del año 67, se las saqué en su casa. A él le encantaba posar. Me había regalado las películas, porque teníamos la misma cámara. A Julio le encantaba la fotografía, charlábamos mucho.

También le saqué unas fotos para Alfaguara en Madrid, me las publicaron sin derechos, me cabree pero no sirvió para nada, era el año 74, si ahora aún no tenéis metido en la cabeza lo de los derechos, imagínate entonces.

—Cuéntame un poco cómo fue el XXX Aniversario de la muerte de Julio.

—Un caos total, de esos argentinos. La exposición era muy enorme. Habían muchas cosas que no tenían que haber puesto, porque faltaba el propio Cortázar meando. Además, me dijeron que me pagaban el viaje, no lo hicieron y tuve que pagármelo yo, al final no me dieron nada. Les dije: «Lleváis 6 o 7 meses viendo lo que podéis hacer y veo que no podéis hacer mucho». La gloria está bien, pero llega un momento que hay que revelarse contra eso. No vi ni un duro de mi viaje a Argentina.

Por otro lado, expuse a través de una amiga mía en una librería universitaria. Eran fotos de Cortázar también, porque todo había que hacerlo por Cortázar. Llega un momento que me hartaba yo del tema, parece que uno no exista si no fuera por él.

—He visto fotos de escaleras de Julio. ¿De dónde son? ¿De Nueva Delhi?

—Sí, es un observatorio astronómico muy antiguo. Hay un libro de Cortázar que se llama Prosa del Observatorio. Le gustaba mucho sacar fotos.

De la colección 'Escaliers'. © Alberto Jonquières.

De la colección ‘Escaliers‘.
© Alberto Jonquières

— ¿Por qué os gustan tanto las escaleras?

—Porque es algo que te lleva hacia arriba, que te hace subir. Tengo muchas fotos de escaleras. En Buenos Aires también expuse fotografías de este tipo. Iban de la mano del texto de Cortázar de Instrucciones para subir una escalera (incluido en Historias de Cronopios y Famas).

Te voy a contar algo: un día me estaban haciendo una entrevista, a mí no me gustan nada. Aunque mírame aquí… (Pero esto es más una conversación) Sí, es verdad. Ellos quieren que les cuentes anécdotas de Cortázar y a mí eso me pudre desde el principio. Una chica en la exposición me preguntó, mostrándome una de sus fotos en que está Julio con una pipa: «¿Le puedo preguntar qué pensaba Julio cuando le sacó esta foto?». Yo la miré, era una chica jovencita, y le dije: «¿Pero cómo quieres que sepa yo qué pensaba Julio en esta foto?». «¿Pero dónde estaba?». «En su casa», le respondí. «¿Y qué había alrededor de él? ¿Qué hacía?». «No ves que está fumando una pipa».

La gente quiere anécdotas, yo les digo que coja un libro, se lo lea, y ahí tiene la esencia de Cortázar. Mirad mis fotos. Si os gustan, me lo decís. Si no, también. Podéis hacer reflexiones sobre ellas, pero no me preguntéis por qué las he hecho.

—Pero tienes que entender la importancia del personaje de Cortázar. ¿No crees que es normal que te hagan este tipo de preguntas?

—Lo que pasa es que Julio era como un tío para mí, un primo. Estaba todo el tiempo en casa, para mí era un hombre normal.

Retrato a Julio Cortázar, 1976. © Alberto Jonquières.

Retrato a Julio Cortázar, 1976.
© Alberto Jonquières.

—Claro, tú no tienes en absoluto ese idealismo.

—Para nada. Además, Rayuela lo leí hace nada y se me cayó de las manos. No pasé de diez páginas. Es ilegible. Me pareció pomposo, pedante y muy pesado, una cosa insoportable. La gente no se atreve a decirlo, pero ¿qué pasa? Yo lo digo, la ventaja de ser mayor ya es poder decir lo que piensas, no andarse con tapujos e historias.

Pero bueno, la relación fue bonita con él, tengo buenos recuerdos, era un tío majo, muy grandote y tocaba muy mal la trompeta.

—Él dice abiertamente que era un músico frustrado. ¿Fue así?

—Tenía una colección de vinilos increíble, adoraba el jazz, no sabía tocar. Yo no soy músico, pero era horrible. También estoy frustrado. En realidad me hubiera gustado aprender a tocar el piano, el violín lo odio, aunque se trate de Rostropovich tocando, no lo soporto, el piano en cambio me parece maravilloso.

— ¿Qué papel juega para ti la fotografía?

—La fotografía para mí es vital, me entró porque tenía una cultura visual muy grande por mis padres. Desde pequeño estuve mamando mucha pintura y fotografía, además de música, que a mi padre le encantaba.

Yo iba a ser egiptólogo, pero un día me regalaron una cámara de fotos pequeñita, de plástico. Estábamos visitando los Castillos del Aluar, nos encontrábamos en un claustro románico precioso y vi trozos de capiteles, entraba una luz genial. En cuanto vi la foto me di cuenta de lo que me gustaba esto, le di la paliza a mi padre para que me comprara una cámara buena y desde ahí no he parado de hacer fotos, tendría 13 años, ahora me sigue encantando.

—Muchas gracias, Alberto.

—A ti. Me voy con mi amigo Manolo por ahí, que vaya bien —se despide con un abrazo.


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