Gabo dio muerte al héroe para mostrarnos al hombre olvidado (y la corruptela tras su historia)

Justo en el mediodía del reciente 17 de abril moría de viejo en México D.F. el escritor y periodista —cámbiese su orden al gusto— Gabriel García Márquez. Su marcha conmocionó al mundo; pocos autores retrataron como él el alma de sus pueblos y sus gentes, castigados y bendecidos por el sol ardiente y la magia atávica. De sus orígenes por aquellas tierras nació su amor por la escritura, como una vez contó cuando, preguntado por su abuela y también por el germen de esta vocación, que en su caso se convirtió en motivo de ser, relacionó aquel justo momento con la obra clave de Franz Kafka, La metamorfosis:

Cuando lo leí a los 17 años, descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: “Yo no sabía que ésto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa”.

Gabriel García Márquez. Autor: Antonio Jiménez Morato.

Gabriel García Márquez. Autor: Antonio Jiménez Morato.

Aquel discurso tenía mucho que ver con la lengua con la que maduró en su natal Aracataca. Siempre reconoció que Kafka, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que lo hacía su abuela. Siempre con aquel aura oscura que aguardaba tras un manto de superstición y espiritualidad.

Aquella conjura entre lo palpable y lo extraordinario, lo concreto y lo quimérico, ayudó a Gabo, o Gabito, como con cariño se le dirigía Eduardo Zalamea Borda, subdirector entonces de El Espectador, a depurar un estilo sutil y tierno con personajes profundos y sencillos y una narrativa que cabalgaba entre el relato realista y el fantástico —hecho que le enfrentó a los siempre extremados racionalistas franceses, que jamás le reconocieron como escritor de realismo tal y como él siempre se autoproclamó—.

Fue en el diario de su amigo Eduardo, en 1954, donde publicó por entregas —veinte, para ser precisos— el extenso reportaje Relato de un náufrago, que fue comprendido por su autor como su obra primera y también su preferida.

Yo nací y crecí en el Caribe. Lo conozco país por país, isla por isla, y tal vez de allí provenga mi frustración de que nunca se me ha ocurrido nada ni he podido hacer nada que sea más asombroso que la realidad. Lo más lejos que he podido llegar es a trasponerla con recursos poéticos, pero no hay una sola línea en ninguno de mis libros que no tenga su origen en un hecho real.

Sin ir más lejos, entre sus fervientes defensores se halló el maestro polaco Ryszard Kapucinski, quien dijo que la grandeza de García Márquez, su gran mérito, consistió en demostrar que el gran reportaje (como lo es Náufrago) es también gran literatura. Esa perfecta armonía entre lo que allá afuera sucede y lo que aquí adentro, en las mismas entrañas, consume y despedaza al sujeto, da vida y razón de ser a una clase de periodismo que pocos hoy en día comprenden y valoran.

mapa-naufrago

Mapa que ilustra la trayectoria prevista y la recorrida por el náufrago.

Relatos de héroes, o antihéroes, seres con cuerpo y alma, capaces de absorber y aunar la tragedia personal y también la colectiva, y que tan brillantemente quedan plasmados con palabras hermosas en la obra del autor colombiano. A veces incluso denunciando problemas mayores, ya no sólo dimanados por el temor a una naturaleza ignorada y feroz, sino también a una situación derivada de un poder que oprime y de un pueblo que obedece.

La hazaña en Relato de un náufrago, por parte de Gabo, ya no radica únicamente en revelar la extraordinaria aventura a la que se expuso Luis Alejandro Velasco, único superviviente del A.R.C. Caldas, sino en todo lo que antes tuvo lugar en aquel buque militar que viajaba desde los Estados Unidos hacia la costa colombiana, y que se vio forzado a una inmersión definitiva por el sobrepeso generado por culpa del material de contrabando, hecho ocultado en su momento que, como toda verdad o causa justa, terminó viendo la luz.

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Portada de El Espectador: “La odisea del náufrago sobreviviente del A.R.C. Caldas”.

Si bien no queda expresado de manera explícita, tal vez por el ingenio de quien ha de esquivar el férreo control mediático impuesto por el régimen de Rojas Pinilla, Gabo logró esconder una realidad a la espera de que el lector anduviera despierto y atendiera a que aquel hombre, el náufrago, más que hijo de la heroicidad fue primo de la dicha, y que su escrito confesó un elemento más profundo genialmente agazapado y dispuesto para ser descodificado. Un elemento que relacionaba las fuerzas que gobiernan nuestras vidas con la valentía del individuo que se prepara para morir de pie antes de verse arrodillado.

Con el remo roto, desesperado por la furia, seguí golpeando el agua. Tenía necesidad de vengarme de los tiburones que me habían arrebatado de las manos el único alimento de que disponía. Iban a ser las cinco de la tarde de mi séptimo día en el mar. Dentro de un momento vendrían los tiburones en masa. Yo me sentía fuerte con los dos pedazos que logré comer, y la ira ocasionada por la pérdida del resto de pescado me daba un extraño ánimo para luchar. Había dos remos más en la balsa. Pensé cambiar por otro el remo partido por el mordisco del tiburón para seguir batallando con las fieras. Pero el instinto de conservación fue más fuerte que el furor: pensé que podría perder los otros remos y no sabía en qué momento podía necesitarlos.

Cuando el escritor colombiano se topó con esta historia seguro creyó tener algo maravilloso entre manos. Es como aquello que escribió Mario Vargas Llosa: «el novelista no elige sus temas, es elegido por ellos». Una idea que condensa fielmente las perennes y firmes concepciones del auténtico reportero, que cava concienzudamente confiando que la verdad y la justicia esperen al otro lado del túnel.

Luis Alejandro Velasco, al que sentimos tan cerca en su travesía, nos permite adentrarnos en la soledad y la tristeza del alma abandonada a su suerte y al siempre angustioso y azaroso pensamiento de que vivir es el castigo al que Dios nos ha relegado, pero que el amor y la inalterable fe nos mantiene, a nosotros y al náufrago, con aguante y entereza.

Pese a haber alcanzado el punto en que morir resulta más grato que seguir resistiendo, el individuo continúa batallando y combatiendo contra las circunstancias adversas, manteniéndose alerta por un día más, afrontando la insoportable puntualidad de aquellos tiburones que se acercan a las cinco y lastran todo intento de alcanzar alimento.

En su soledad, el marinero tan sólo encuentra consuelo en una gaviota también estaba desorientada que le acompaña durante las últimas horas de navegación a la deriva. Herido, sediento y hambriento, espera hasta encontrar, al décimo día, tierra firme, con la fastidiosa incertidumbre de no saber si se trata de un delirio —como los que había escuchado en antiguas historias sobre perdidos en los desiertos— o si, cuanto menos,  comprenderían el castellano para atender a su urgencia de cobijo y ayuda médica.

Nunca creí que un hombre se convirtiera en héroe por estar diez días en una balsa, soportando el hambre y la sed. Yo no podía hacer otra cosa […] Yo no hice ningún esfuerzo por ser héroe. Todos mis esfuerzos fueron por salvarme.

Luis Alejandro Velasco fue declarado héroe nacional, reclamo publicitario y ejemplo de valentía. Aquella imagen tramposa y distorsionada del hombre y sus desafortunadas circunstancias le acompañó por siempre como una maldición, incluso en los buenos tiempos, hasta convertirlo en un ser olvidado cuya hazaña fue sobrevivir cuando todos sus amigos encontraron muerte en el mar. Había vuelto a la vida, pero con la firme convicción de que no valía un precio tan alto y que acostarse a morir, como todos sus compañeros hicieron, no habría supuesto la peor elección de todas.

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