Dashiell Hammett, Cosecha roja y la semilla del noir

Dashiell Hammett (Maryland, 1894- Nueva York, 1961) fue, ante todo, un antihéroe. Un ser perdido, derrotado, que trató de luchar contra su destino cuando el mismo ya hacía tiempo que había sido determinado.

Nació en Maryland, pero creció y resistió en las malas calles de Baltimore y Filadelfia. Los pecados de la urbe hicieron estragos en un joven Hammett que, poco estimulado por la rutina estudiantil, redirigió su camino hacia lo detectivesco; encontró trabajo en la Agencia Nacional de Detectives Privados Pinkerton, donde laboró hasta que sus principios le forzaron a abandonarlo —posiblemente tras el revuelo que motivó el asesinato de un líder sindical de la zona y en el que la Agencia, según las pesquisas de Hammett, pudo estar implicada—. Así, se convirtió en conductor de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial —como, curiosamente, también hicieron otros escritores como Hemingway, Cummings o Dos Passos— hasta que una fuerte tuberculosis le obligó a hospedarse en un hospital en el que conoció a Josephine Dolan, enfermera con la que contrajo matrimonio en 1921 y con la que tuvo dos hijas.

Sin embargo, el tiempo y la enfermedad le forzaron a la reclusión y a la tristeza, pero también a la liberación mediante la escritura. Se trasladó a San Francisco, donde permaneció aislado de su familia y donde exploró un nuevo género que revolucionó, por completo, el clásico relato policiaco. La novela negra —posteriormente denominada hard-boiled (algo así como duro de pelar) por Raymond Chandler, discípulo de Hammett— sirvió en nuestro autor como método de salvación, una vía de escape para su dolor y resignación. El continente sobre el que verter un contenido tan crudo, tan real, que no es sino una muestra de un entorno cuyas estructuras se han descompuesto por culpa de la actitud humana.

Sinécdoque, Poisonville

«Una fea ciudad de cuarenta mil habitantes, situada en un vallejo entre dos feos montes, todo ello envilecido por las minas»

La ciudad se halló sumida en el caos. Elihu Willsson, dueño de Personville (a quien el detective prefiere denominar Poisonville, ciudad ponzoñosa) «en corazón, cuerpo y entrañas», se enfrenta a los mineros y a los sindicatos, quienes, tras una encarnizada, sangrienta y desmoralizadora batalla, pierden a manos de los mercenarios contratados por Elihu, gánsteres que, enamorados por los encantos de Personville, «se quedaron con ella como botín que les era debido». No obstante, la caída de un héroe, Donald Willsson, hijo del magnate local, abatido a tiros «por gentes no halladas» y cuyo pecado fue tratar de cambiar el estado de la conciencia colectiva mediante el uso de los dos grandes periódicos del lugar, desencadenará una guerra entre potros salvajes con mucho plomo y poca sesera. Para entonces, el agente de la Continental ya estaba en la ciudad a petición del recientemente difunto. Un tipo duro en cuyas virtudes no se encontraba la clemencia.

Vieja edición de Alianza Editorial.

Vieja edición de Alianza Editorial.

Poisonville es algo más que una fea ciudad de cuarenta mil habitantes; es una pequeña muestra de la gran urbe norteamericana de los años veinte, corrompida por matones, pistoleros y gobernantes corruptos. Incluso nuestro propio agente, el de la Continental, es confundido con un suministrador de licores de contrabando, introduciéndonos, casi sin advertirlo, en el contexto de la Ley Seca, elemento que tanto juego ha dado en el cine y la literatura del siglo XX (e incluso de nuestros días).

Sin embargo, para comprender esta ciudad hay que leer sin vacilaciones ni distracciones y no perdernos entre la neblina de unas calles en las que el silencio delata más que las palabras. Y donde la representación y disposición de los poderes fácticos de Personville esconden, bajo la afilada pluma de Hammett, una dura crítica a la sociedad americana con la que tuvo que convivir este excelente literato.

El estilo hammettiano

«El muerto, como había dicho su secretaria, se daba buena maña para callar lo que concernía a sus asuntos personales»

Con la novela negra nace la superficie sobre la que se esconde la perspectiva más cruda, muchas veces oculta, de la realidad. Es en este género en el que encontró Hammett el consuelo, expresado mediante una nueva forma de realismo que, cubierta de cinismo e ironía, encuentra la siempre efectiva arma comercial del crimen para desentrañar los tropiezos arraigados a una sociedad deformada por el individualismo y la codicia.

Para ello, el autor hizo uso del que pasará a ser el clásico detective hard-boiled; un detective moderno, acorde a su era, que rompe con el estilo hasta entonces preponderante, cuyos personajes, sobrehumanos y elitistas, desnudaban los más complejos enigmas mediante el uso del ingenio, la deducción y la observación.

Hammett convirtió al agente de la Continental en un ser solitario, incomprendido y despiadado. Una clase de reivindicación del héroe romántico, dispuesto a combatir por las causas justas y por los principios de una ciudad que ya no tiene motivos de ser. El amor por el hombre bueno en un alma, la del detective, fría, calculadora e inteligente. Un ser maquiavélico que produce en el lector una simpatía impropia para un individuo cuyos fines no se encuentran obstinados por sus medios, constantemente figurados por su astucia y su violencia.

El uso de diálogos concisos e hirientes, personajes descritos a pinceladas y elipsis que juegan a suprimir lo prescindible sumergen al lector en una aventura desenfrenada que ha servido de gran inspiración para novelistas posteriores, convirtiendo al autor norteamericano en un escritor de escritores. Asimismo, la aparición de la femme fatale, mujer cuyos encantos fuerzan a todo hombre a la perdición o incluso a la muerte, ya tiene lugar en esta obra.

La violencia al servicio del orden

«Cuando está uno desempeñando una misión, tiene que arreglárselas como pueda. Y el que pretenda vender ética en Poisonville, verá que se le oxida en el almacén»

Si la paz no es la solución, la violencia es el camino. Al menos para el detective de nombre desconocido —y ni siquiera relevante—, cuyo placer por el gatillo es solamente comparable con la desfachatez de una élite política comprada por unos gánsteres que, motivados por el ansia de poder (y de resistencia), se ven sumidos en una espiral de sangre de la que no conseguirán escapar. Buena muestra de ello es el título de esta obra, Cosecha Roja, que avanza un proceso que concluye con la muerte de decenas de personas a lo largo de la trama.

Por grotesco que resulte, Hammett supo describir a la perfección el alma de unos obreros del hampa que matan por trabajo, fríamente y sin carga emotiva. La descripción de una jungla en la que el último superviviente se lleva el botín de una ciudad putrefacta en la que los enemigos surgen de debajo de las piedras y cuyos egos enfrentados sumergen a Personville en el caos absoluto.

Así, nuestro autor provee de estas mismas características a un detective capaz de batallar con una calaña de tahúres y establecer un tablero de ajedrez con el que confabular una estrategia para limpiar las sucias calles de esta remota población minera.

De este modo, Hammett articula una novela que por siempre será recordada, impregnada de un estilo que pocos han sido capaces de imitar, mucho menos igualar, con una capacidad para la síntesis y, aun así, para la expresividad, que lleva a un antihéroe a empañar sus manos de sangre por algo más que 10.000 dólares. Una hazaña osada que termina por desenmascarar los poderes que se esconden tras los turbios confines de una sociedad dominada por criminales que, con toda seguridad, algún día se reencontrarán en el infierno.

«Mickey y yo regresamos a San Francisco […] Me pude haber ahorrado el trabajo y los sudores que me supuso eliminar todos mis pecados de los informes. No engañaron al Viejo. Me echó una bronca de primera»

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