Roberto Saviano: Romeo y Giuseppe

No es una historia de amor. Es una historia de venganza. Romeo y Giuseppe tan sólo eran unos críos. Sin escrúpulos ni valores, potenciales criminales o criminales de facto. Pero tan sólo unos críos. Quisieron ser los amos de la ciudad. Con sus normas, sus principios y su justicia. Quisieron desafiar al poder. Al verdadero Estado. Al galán de las normas. A la fuerte justicia. En otras palabras, la Camorra. Ahora están muertos.

Es la historia de dos fanfarrones de nervio agitado y agresividad manifiesta. Dos engreídos desalmados. Dos chicos que jugaron a ser camorristas. O que creían realmente serlo. Vestían como tal. Dejaban demasiada propina. Robaban, fumaban, bebían. Giuseppe era entre ambos el que más galones ostentaba. Se  hacía llamar Donnie, como Donnie Brasco, ignorando que este personaje era, ciertamente, el de un policía infiltrado. Su padre era un camorrista de cuarta. Romeo era su hombre. Del mismo modo que lo era Nicky Santoro para Sam Rothstein en Casino o Manny Rivera para Tony Montana en Scarface. Incluso para adoptar como dogma la filosofía de estos últimos iconos del cine de gánsteres:

In this country you gotta make the money first, then when you get the money, you get the power, then when you get the power, you get the women.

El punto rojo muestra la localización de Casal di Principe, a tan sólo 30 minutos del puerto de Nápoles.

El punto rojo muestra la localización de Casal di Principe, a tan sólo 30 minutos del puerto de Nápoles.

Soñaron con obtener el dinero, el poder y, como consecuencia, las mujeres. Al fin y al cabo, en Casal di Principe −ver en mapa— cualquiera puede aspirar a ser Tony Montana. O Al Capone. O Lucky Luciano. Pero asumiendo también las consecuencias. Las enemistades, los problemas legales, las traiciones. En el mundo de la mafia la vida es muy corta, así que se ha de estar dispuesto a combatir si se quiere mantener uno con vida. Las mansiones, los coches, las mujeres, la coca y los vicios particulares son el premio para las ratas camorristas. Todo es imagen. Todo es espectáculo. Todo es escenificación. Fama y respeto, eso es todo lo que aprecian.

¡Hoy, después de Tarantino, ya no saben disparar como Dios manda! Ya no disparan con el cañón recto. Lo tienen siempre inclinado, hacia abajo. Disparan con la pistola torcida, como en las películas, y esta costumbre provoca desastres. Disparan al bajo vientre, a las ingles, a las piernas; hieren gravemente sin llegar a matar. Así, siempre se ven obligados a rematar a la víctima disparando en las nuca. Un charco de sangre gratuito, una barbarie del todo superflua a efectos de la ejecución.

Es la confesión de un veterano de la policía científica a Roberto Saviano, cronista de la historia, autor del magnífico Gomorra, desgraciadamente eclipsado por la tragedia de su historia más que por la maestría de su obra. Los cordiales Romeo y Giuseppe siniestraban coches, pegaban palizas, meaban en las motos de los chicos de su edad y hacían cuanto les venía en gana, siempre de manera violenta y aparatosa. Hasta que un día llegaron demasiado lejos.

Tomaron una metralleta, se acercaron a un grupo de muchachos y uno de los dos recitó el pasaje bíblico entonado por Marcellus Wallace en Pulp Fiction justo antes de desatar la tormenta. Disparando a diestro y siniestro. Como sólo un niño descontrolado haría. Con puntería nefasta, pero asesinando a dos de la banda. Fueron llamados a responder ante la justicia, es decir, los jefes del clan de los Casalesi. El verdadero orden. La Ley. Respondieron con orgullo y narcisismo. Todavía tuvieron tiempo para vanagloriarse y seguir entre delirios y quimeras, entre ensoñaciones angelinas sobre mafiosos y gánsteres.

Horas más tarde aparecieron abatidos. Giuseppe con un balazo en el pecho a quemarropa y Romeo con la garganta atravesada y también la cabeza, precisamente en ese orden. Fue la forma de impartir justicia de los Casalesi. Ni siquiera llegaban a los treinta años entre Giuseppe y Romeo. Sus sueños de grandeza terminaron con ellos.

Aquí puedes ser Scarface, pero te toca serlo hasta el fondo.

Fusilados, abandonados como perros en un parque de la periferia. Desearon morir en batalla, como sus héroes. Pero Casal di Principe no es Hollywood. Los muertos que cada año allí se producen son reales. Y Giuseppe y Romeo pronto se sumaron a la lista. Y como tantos otros fueron olvidados. Romeo y Giuseppe son tan sólo, ahora y siempre, una anécdota más para los nacidos en Casale, una nota prescindible marcada a final de página. Dos criajos con vespa que creyeron ser Tony Montana y terminaron como todos los demás: tirados en una cuneta.


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