Rosemary, ¿realmente fuiste violada por Satanás? / Sobre la doble lectura de La semilla del diablo

¿Dónde queda el delirio cuando hablamos únicamente de realidad estimable? ¿Son los sueños un mero producto de nuestra mente, o una puerta entreabierta que nos invita a explorar otros mundos que conviven con el nuestro? Carl Gustav Jung consiguió reflejar en La psicología del sueño, consideraciones generales —título publicado en la revista helvética Energetik der Seele en 1928— el sentimiento de resignación inherente a los seres humanos frente a lo complejo y absurdo de los propios sueños, supuestamente carentes de un significado inteligible, absolutamente impenetrables y ajenos a la lógica humana.

Llegado el momento encontró indicios que le obligaron a profundizar en la cuestión; pistas que le sugirieron que algo más se escondía tras ellos, una fuerza inexplorada que requería ser analizada: ¿hasta dónde alcanzan los límites de nuestra mente?

El cerebro humano es capaz de, a través del sueño, generar imágenes obtusas basadas en experiencias o emociones pretéritas, convirtiéndolas en hechos que se repiten en el presente mediante símbolos, metáforas o figuras. Parecen querer contactar con nosotros, transmitirnos un mensaje, advertirnos de los riesgos imperceptibles para el cuerpo consciente… Sin embargo, la respuesta más lógica acostumbra ser la peor acogida por los creyentes. ¿Y si los sueños se reducen a un espacio en el que se recrean piezas en principio inconexas de nuestra memoria, enigmáticamente hiladas por nuestro complejo sistema neurológico? ¿Pueden los sueños convertirse en una amenaza cuando sus destellos sobrepasan la barrera de la mente, cobrando connotación y relevancia en la vida consciente?

Se trata de esta confusión entre lo real y lo fantástico, lo tangible y lo ilusorio, lo objetivo y lo relativo, lo que inicia el proceso creativo de la adaptación cinematográfica de Rosemary’s Baby (1968), de Roman Polanski. La libre (aunque acotada en el argumento) interpretación de la obra de Ira Levin por el autor franco-polaco transformó por completo el estado natural de la novela, ahora enriquecida por la ambigüedad del personaje principal.

Para comprender qué sucede en la mente de la protagonista, debemos replantearnos una cuestión: ¿quién es Rosemary? Para ello hemos de remontarnos a su pasado, sus orígenes, su entorno durante la infancia y la adolescencia. Pero esta información no nos es proporcionada; el director no manifiesta excesivos detalles relativos a sus primeros años, más allá de recónditas referencias a sus raíces ligadas a la tradición cristiana y al temor por las supersticiones.

Partiendo de dicha premisa, comenzaremos por indagar en el origen del asunto que nos ocupa… El joven matrimonio Woodhouse, conformado por un actor de escaso reconocimiento y una chica de mentalidad tradicional, decide alquilar un apartamento en el emblemático edificio Dakota de Manhattan, Nueva York —identificado en la película como Casa Bramford—. Sin duda se trata de un bloque donde el misterio ha hecho acto de presencia… principalmente para enaltecer su leyenda de lugar maldito. El entusiasmo inicial pronto se verá mitigado por las dudas que comienzan a advertirse en la histriónica forma de actuar de Rosemary.

Definitivamente, los pensamientos entrelazados que la atormentan tienen su origen en Hutch, viejo amigo de la susceptible dama. Rosemary comienza a escuchar con atención sus historias… repletas de leyendas de brujas y demonios, ritos y ceremonias, cruces invertidas y hechizos… hasta el momento en que éstas comienzan a nublar sus recuerdos y vivencias, dotándolos de un carisma y significado superior al objetivo, relacionándolos paulatinamente con los sucesos que tienen lugar en el edificio maldito en el que ahora residen… ella y su marido, el hombre sensato o quizás incrédulo… siempre interpretado desde la perspectiva de Rosemary, la única reconocible, la visión exclusiva que eclipsa la notoriedad de los individuos restantes.

El virtuosismo de Polanski, su capacidad de generar un ¿verdadero? universo en torno a un único personaje, logra que por unas horas nuestros sentidos, pensamientos y emociones se vean reducidos por su sometimiento… congelándonos el alma, liberándonos con la llegada del final de la obra… y para entonces nos aislaremos, encerrados en nuestras divagaciones, tratando de establecer una conclusión razonable que justifique el comportamiento de Rosemary: paranoico, trágico, desmedido, irracional, instintivo.

Y, pese a ello, continuamos nuestro recorrido, esforzándonos por comprender los motivos de la angustia de Rosemary. Son sus primero días en el hogar y la nueva amiga de Rosemary decide arrojarse por la ventana, embadurnando el pavimento de roja sangre y alimentando la curiosidad de los vecinos, que sitian el escenario precintado por la policía.

Primer encuentro entre los Castevet, que acogían a la chica suicida, y los nuevos inquilinos con motivo del llamativo suicidio.

Primer encuentro frente a las puertas del edifico entre los Woodhouse y los Castevet, pareja de ancianos que acogía a la chica suicida.

Rosemary conocía suficientemente a Teresa Gionofrio, la chica-cadáver, como para saber que había sido drogodependiente por largos años hasta ser acogida por el matrimonio Castevet, una pareja de ancianos de gran vitalidad y sospechosa extroversión.

La muerte de la joven de nombre italiano sobrecoge la delicada mente de Rosemary, que no tardará en mostrar unas primeras ensoñaciones que, ¡ajá!, bailan al ritmo de las agujas del reloj, tal y como ya hiciera Polanski anteriormente en Repulsión —todo a su tiempo—.

Para entonces, el prolongado y acompasado estrechamiento entre los matrimonios Woodhouse y Castevet —¿es su falta de descendencia otro motivo para la desconfianza?— llena de frustración y recelo a la susceptible dama. Aquella pareja de ancianos que comparten sentimientos antipapales, una descarada falta de discreción tapizada sobre un manto de exquisita ilustración, una arraigada mentalidad propiamente europea y la pertenencia a lo que se conoce como alta sociedad resultan componentes sumamente sorprendentes para Rosemary, que ha vivido siempre ajena a aquel entorno, tan distante como oculto hasta entonces.

Pese a todo, Rosemary siente la llamada maternal y decide, junto a su marido, lanzarse a los instintos propiamente reproductivos. Establecen el día y la hora propicia, que acompañan con un buen vino, la luz de las velas y un relajante fondo musical… hasta verse interrumpido por el incómodo y tambaleante sonido del timbre. Ella teme saber quién es, y las sospechas pronto se confirman. Pero Minnie (Castevet) tan sólo les trae dos mousses de chocolate que tomarán como postre, especificando cuál corresponde a Rosemary —¿pretendías confundirnos, Polanski?—. Tras unas pocas cucharadas, la joven comienza a sufrir mareos —atribuidos por Guy al alcohol, lógicamente—. Pero lo terrible está por llegar; la llamada de la naturaleza acecha a Guy y Rosemary se encuentra indispuesta para el actor; aquello iba a suceder tanto quisiera ella como si no.

Rosemary, ¿realmente fuiste violada por Satanás?

Rosemary, ¿realmente fuiste violada por Satanás?

Aquí tiene lugar el terrible sueño de la señora Woodhouse: la reunión social, el mar, el desnudo, el instinto, la secta, el ocultismo, el infierno, el rito, sus allegados, el sexo, el deseo, la lujuria, la violación, el Carnero… y la fecundación. Despierta llena de arañazos, confusa y alterada, al contrario de Guy, que muestra una sonrisa cómplice mientras se vanagloria de sus atributos felinos en la alcoba.

Nos adentramos en un terreno reservado que coincidirá con los hechos que acontecerán de aquí en adelante… Porque quedará embarazada y todo cambiará; pasará a convertirse en el foco de todas las miradas, especialmente de los Castevet. Porque nos mostrará esa imagen de fragilidad engañosa que hará vacilar al espectador sobre la realidad palpable por la protagonista, ahora confundida entre lo que ve y lo que existe; sobre la verosimilitud de su perspectiva, puramente subjetiva o acechada por la tentación y la vileza y la degradación de aquellos quienes tejen una conspiración ordenada desde los infiernos, perpetrada por una alta sociedad adoradora de Satanás que cuenta con la complicidad de su marido, que pronto accederá a grandes roles interpretativos, quién sabe si a costa de estar colaborando en el engendramiento del Hijo del Diablo.

«¡Esto no es un sueño, realmente está sucediendo!»
Rosemary
 

Llegados a este punto, nos vemos abocados a replantearnos una cuestión esencial: ¿debemos creer en lo que siente Rosemary? Absolutamente no. Ella es la culpable de nuestra sugestión, pues ha logrado alterar la lógica de los acontecimientos de un modo totalmente retorcido. Su inconsciente ha logrado dotar de credibilidad una conspiración del todo descabellada, con lagunas y vacíos difícilmente justificables en un ser plenamente consciente. Rosemary comienza a dudar de sus vecinos, del ginecólogo que la atiende —de gran prestigio y bajo la recomendación de los Castevet— e incluso, llegado su momento, de su propio marido. Todo termina por convertirse en una clase de neblina que todo lo empaña, induciendo a la protagonista a una desconfianza generalizada que trasciende los límites de la razón.

Rosemary se autoexpone a una ansiedad motivada por el estado de gestación, que conecta con su instinto materno-protector y que alarma sobre un problema psíquico que probablemente se había mantenido oculto hasta el momento, semejante al carácter representado por Catherine Deneuve en Repulsión.

Y todo se agudiza con el trascurso del tiempo… y mientras ella decae, Guy resplandece. Tiene contactos, talento y fortuna. Obtiene trabajo, fama, reconocimiento y contratos con las dos grandes productoras norteamericanas. Su aspecto es inmejorable y contrasta profundamente con una Rosemary cada vez más abandonada y neurótica, tan sólo comprendida por el solitario y presuntuoso señor Hutch, cuyos sentimientos hacia Rosemary parecen manifestarse cada vez con mayor vehemencia. ¿Y si su amor por Rosemary le invitaba a animar aquellas sinuosas teorías sin comprender de razón ni lógica?

El retrato paranoico de una mujer desolada.

El retrato desolador de una mujer paranoica.

Diablo, camina conmigo

La ciencia comenzó a hacer su trabajo. Frente a la superstición, el oscurantismo y la brujería, las pruebas médicas lograron poner coto a los incesantes quebraderos de cabeza que asolaban a Rosemary: aquel estado agónico se debía a la falta de azúcar —no parece haber sido la primera vez que le sucede— y su neurosis por fuerza se ha visto descontrolada una vez se ha hallado inmersa en una situación hasta entonces desconocida.

La muerte en silencio de Hutch desató de nuevo el caos en Rosemary tras la estabilidad lograda por largos meses, concretamente hasta el octavo de gestación. Aquella correspondencia, su última voluntad, su única herencia, fue dirigida a su querida: un libro revelador… sobre brujas, ocultismo y hechicería… y Roman Castevet… que no es quien dice ser… porque pertenece al oscuro mundo del satanismo y del Nuevo Orden… ¡maldición, Rosemary! ¡Ya es demasiado tarde! ¡Hutch ha muerto, y ya no hay quien escuche tus pamplinas! Rodeada de gente que quiere acabar contigo… o con tu hijo… o peor todavía, pretenden convertirlo en el hijo de… ¡El Diablo! Y tú serás su madre… la madre de El Hijo del Diablo. Aquí, en la Tierra, el nuevo mesías, el castigador, la amenaza llegada desde las tinieblas… ¡Y Hutch ha muerto!

La obsesión persecutoria se desata y todo pequeño detalle se magnifica y se representa y se manifiesta en los actos futuros que deparan a Rosemary. Y entonces Rosemary pierde la cabeza y agarra el cuchillo y busca a su hijo y todos se hallan en su contra. Pero está exhausta, superada y derrotada. Es endeble, débil y frágil. Su destino ha sido sellado y no es capaz de aceptarlo. Entonces remueve todas las imágenes que alguna vez vivió y que alguna vez soñó. Aquella portada del TIME, aquellas medicinas naturales, aquellos llantos de bebé, aquellas reuniones de alta sociedad. El desnudo, la soledad, la indiferencia, la frustración. Y Roman gritando al nuevo Rey, al elegido, al Anticristo:

«¡Dios ha muerto! ¡Satanás vive! ¡Es el año cero!»

Porque todo encaja tras el parto, de nuevo acompañado por las agujas del reloj. Probablemente Rosemary perdiera el bebé, trauma difícilmente superable, mucho menos asumible. El engranaje imaginativo de Rosemary la redujo a la desesperación y la locura, vislumbrando un entorno hostil y descorazonado conformado por seres diabólicos dispuestos a invocar al Anticristo y a adorar a su representante en la Tierra… surgido desde su vientre… el vientre de una mujer quebrada y angustiada y reducida a escombros… sin nadie que la consuele, sin nadie que la comprenda… y a cargo de un niño al que sólo ella podrá poner rostro.

Rosemary’s baby es la historia profundamente trágica de una mente enferma cuyo pasado nunca fue superado pero sí enfrentado… en un nuevo entorno, un lugar  lejano y urbanita donde gozar de la atención de su marido y la compañía de sus tres hijos; el mero reflejo de la muerte interior y el desazón al servicio del terror y la intriga, con la eterna confusión de la mente como arma de partida y conclusión. Como también sucediera en aquella película de Polanski de 1965…

Anuncios

Comparte tus reflexiones:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s