Julio Cortázar: El poeta es igual a este señor del nublo

Algunos cuentos se quedan en la retina y no parecen querer alejarse, nos persiguen, logran colarse entre el resto de reflexiones, tienen un magnetismo que no deja avanzar al perseverante lector y le obliga una y otra vez a volver a estas piezas maestras que le atormentan.

Este es el caso de El perseguidor, de Julio Cortázar, que hizo sobrados méritos para merecerse abrir este apartado. De hecho, si alguien ha logrado coger el relevo de la deidad que es Edgar Allan Poe en el universo del cuento fantástico, ese ha sido el argentino.

El texto surge de una idea sencilla, como es que el punto de fuga de la realidad, o más bien el rincón donde la fantasía y lo mundano se funden, sea una persona humana. Johnny Carter, siendo el eterno alter ego del mítico músico de jazz Charlie Parker, se convierte en su filtro, en la forma de deshacer el quebradizo andamiaje que sostiene nuestro mundo de la apariencia, y de algún modo es su música la herramienta que le da las alas:

Pero yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se queda ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos.

Esta desmesurada capacidad de desconexión con la temporalidad establecida o abstracción —desplazamiento, o como quiera expresarse— crea terribles vértices en su vida, pareciendo para muchos sencillamente un loco irracional, pues tal naturalidad para alejarse de lo palpable crea un terreno lúgubre, un rincón que se extiende hasta cubrir todas las emanaciones de su existencia.

No obstante, pese a la indudable envergadura del personaje, es Bruno, su amigo y crítico de jazz, quien transmite el relato a través de su particular percepción, en ocasiones comprendiendo a Johnny y en otras interpretando su palabrería como mera divagación, perdidas elucubraciones.

Surcar estas páginas es un ejercicio de catarsis para los seres que se autolimitan, que son conscientes de que cuentan con un inigualable talento, aunque la conciencia del mismo sea lo que emerja de sus entrañas para bloquear el camino, ya que es en muchos casos la virtud lo que limita al propio ser. Una idea semejante es la que atribuye Charles Baudelaire al artista dedicado a la poesía en Albatros:

Le Poète est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l’archer;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l’empêchent de marcher.

(El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar)

Dicho formato sirve para alzar un puente entre el autor y el verso, que tanta presencia ha perdido con el avance de los tiempos. La retórica de Cortázar, con pinceladas de ritmo poético, persigue a cualquiera que se adentre en el boscaje de sus relatos, es como estas temibles plantas cuyas ramas surgen de la tierra y aprisionan al andante sin dejarle la posibilidad de huir. Se aprecia aquí la herencia de Poe, esa tendencia a armar en los relatos una atmósfera coronada siempre por el factor de la intriga, y a menudo consigue un demoledor efecto. Aunque en El perseguidor lo hace de una manera más sutil, con un reflejo de la literatura de corte noir o detectivesca, con una prosa que se desplaza reptando, pero cuyos enérgicos saltos nos hacen advertir que siempre ha estado ahí, jugando con nosotros, esperando pacientemente el momento; como un asesino oculto en la noche.

Julio Cortázar ilustrado. Autor desconocido.

Julio Cortázar ilustrado. Autor desconocido.

Hay un inevitable paralelismo entre esa novela corta —o relato que se le va un poco de las manos— y la que es considerada su obra pródiga, la ya universal Rayuela. En este hermoso ejemplo de antinarrativa aparece Horacio Oliveira, quien es considerado el equivalente de Johnny, y para mi gusto, también del propio autor.

Hay dos vertientes que sirven para atisbar este parentesco, la primera parece inescrutable a través de las vías de la lógica, es más bien una presencia latente, una línea invisible entre el que dibuja el argumento y el personaje, que surge de entre la maleza y asoma sus formas. Tal vez esta cosificación tenga las consecuencias esperadas en un carácter sobre el que Julio deposita parte de su alma, convirtiéndose en la energía, el temible brío que empuja a Horacio y lo dota de la particularidad de no poder dejar de ser el núcleo, el indomable coraje de la obra, aunque se esconda por instantes.

La otra explicación tiene que ver con la eterna lucha que libra el protagonista con la dialéctica, su constante juego por arrebatar la acostumbrada importancia a la cotidianidad, y aquí aparece Julio, un hombre cuya obsesión por negar lo mundano le ha llevado a forjar una obra que son pequeñas puertas, diminutos portales que surgen y se deshacen mientras desayunamos o realizamos nuestro matutino viaje en el ómnibus.

charlie_parker

Charlie Parker, el hombre que revolucionó el jazz.

Volviendo al objeto que requiere nuestra atención, y tratando finalmente de solventar el problema del alter ego, en El perseguidor, Johnny materializa su amor sin condiciones por el jazz, así como también se convierte en el método para eludir la linealidad de los códigos temporales, que se insiste en demostrar que no alcanzará a comprender jamás. Aquí no solo distingo a Johnny Carter, veo de nuevo al belga-argentino revelándose, inmiscuyéndose en cualquier nimiedad, como el simple acto de cortar el pan, que se convierte en un auténtico despropósito:

— O cortar un pedazo de pan con un cuchillo. ¿Tú has cortado un pedazo de pan con un cuchillo?
— Me suele ocurrir —he dicho, divertido.
— Y te has quedado tan tranquilo. Yo no puedo, Bruno. Una noche tiré todo tan lejos que el cuchillo casi le saca el ojo a un japonés de la mesa de al lado. Era en los Ángeles, se armó un lío descomunal… Cuando les expliqué, me llevaron preso. Y eso que me parecía tan sencillo explicarles todo.

Hay que hacer mención también a la marihuana, un elemento que, a no ser que cuente con propiedades alucinógenas —como no acostumbra— queda totalmente fuera de contexto, el propio escritor admitió que por aquel entonces no conocía las características de este tipo de droga, que por un lado tiene un claro componente evasivo y en algunos tramos de la historia puede llegar a cobrar sentido. Acostumbra a relacionar los ataques de Johnny con consumos excesivos, lo que hace pensar en una substancia con efectos psicotrópicos, tal vez semejante al opio. De todas maneras, acaba siendo un factor infantil, casi cómico, que a mi parecer lo hace más entrañable, si cabe.

Otra forma de embriagamiento es la música jazz, que juega un papel mucho más subterráneo de lo que pueda parecer, de hecho, la devoción por el género de la improvisación por excelencia, la extiende Horacio —Cortázar, o como diablos se les antoje— durante su dilatada carrera artística. Ve en este modo de expresión, la mayor liberación del músico, resquebrajando las básicas estructuras de otros estilos como el blues, cuya inconfundible belleza se halla más en la pureza del sentimiento que en la huida de una base rítmica sólida. Y esta idolatría no solo surge por la mera transgresión, puesto que el jazz le enseñó “cierto swing que está en mi estilo e intento escribir en mis cuentos“.

Pero al final esto es tan solo un pequeño acercamiento, un querer alzar a una figura que irremediablemente está mucho más arriba que la mayoría, porque no solo nos legó una obra que es el inmenso deleite de muchos —jóvenes, especialmente—, también encerró en sus escritos, bajo su afilada pluma, a sus propios demonios, tal vez como método para agruparlos, con el peligro de que juntaran sus fuerzas y arremetieran contra él, tumbándole casi al instante, aunque el sencillo acto de cerrar el libro habría servido para volver a confinarlos, a ellos y a Johnny; tan lejos y tan sólo a una exhalación de distancia.


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