El Greco: Laocoonte

Fueron diversas y, por qué no, ingeniosas las taras que se le asignaron al maestro con el que debutamos en la sección de Arte. Estrabismo y astigmatismo fueron sacados a colación por médicos alemanes; también la homosexualidad intervino para explicar las siluetas alargadas, deformadas y asimétricas que nos proponía el cretense. Y, cómo no, un clásico, la locura, para acabar de entender la obra de este artista no del todo comprendido. Pocos se atrevieron a pensar que fue un visionario, de los primeros que adivinó los recursos de la pintura sin la presión de la fotografía como artefacto que atrapa la realidad.

Retrato de un caballero anciano (Autorretrato) El Greco,1595-1600 Óleo sobre lienzo 52.7 x 46.7 cm

Retrato de un caballero anciano (Autorretrato)
El Greco, 1595-1600
Óleo sobre lienzo
52.7 cm x 46.7 cm

Un buen ejemplo para abordar la calidad de visionario de Doménikos Teotokopóulos —mejor conocido como El Greco— es su Laooconte, concebida allá por sus últimos años de vida (1608-1614). En estos instantes respira en la National Gallery of Art of Washington. Con tan solo echarle un vistazo despierta un sinfín de interrogantes que trataremos de responder en las líneas que siguen.

La composición de este óleo sobre lienzo, de no pequeñas proporciones (137×172 cm), descompone el conjunto en tres figuras de claras reminiscencias miguelangelescas que se retuercen al son de las demoníacas intenciones de las serpientes que forman arcos o líneas sinuosas; entre tanto, dos figuras que permanecen impávidas, impertérritas, como observadores de lujo ante la tragedia que acontece a tan solo un suspiro de distancia. Como escenario, la Toledo de Theotokópoulos, que nos es presentada a través del caballo que parece huir, pidiendo auxilio, tras la barbarie que deja a sus espaldas. La luz esculpe los cuerpos desnudos dotándolos de misterio, haciendo del cuadro un resultado casi surrealista cuya inspiración podría ser la de un mal sueño.

El entierro del señor de Orgaz El Greco, 1587 Óleo sobre lienzo 480 cm × 360 cm

El entierro del señor de Orgaz
El Greco, 1586-1588
Óleo sobre lienzo
480 cm × 360 cm

El lienzo constituye una declaración estética por parte del cretense a pesar de no ser éste su propósito. El giro radical de su modo tan particular de representar se empieza a intuir en su Trinidad (1577-1579) y termina por confirmarse con su archiconocido Entierro del conde de Orgaz (1586-1588). Su puesta a punto en Creta como pintor de iconos, su estancia en Venecia descubriendo el color y su periodo en Roma eclipsado por la figura de Miguel Ángel son fácilmente reconocibles en toda su obra, incluso en la imagen que nos ocupa. La anatomía de las figuras y la serpentinata generada por los reptiles son un acceso directo al Miguel Ángel manierista. El manejo de la luz y el color serán, por supuesto, fruto del máster cursado en Venecia con los Tiziano, Tintoretto y Veronese. Sin embargo, acabar aquí una interpretación estilística sería condenar al Greco como la mejor síntesis de Tiziano y Miguel Ángel, de modo que resulta obligatorio destacar el componente hispánico en su obra. Parece que con su llegada a España El Greco se recoge, se libera, utiliza todos aquellos elementos y los conduce a un inconfundible estilo, lleno de misticismo en todas sus acepciones con el que crea un mundo en el que emergen figuras desmaterializadas y espacios irreales. Su sentido moderno del arte será reconocido en el XIX tras dos siglos de ostracismo, y acabará siendo maestro inspirador de románticos e impresionistas, absoluto precursor de expresionistas.

Laocoonte El Greco, 1609 Óleo sobre lienzo 137 cm × 172 cm

Laocoonte
El Greco, 1609
Óleo sobre lienzo
137 cm × 172 cm

Volviendo al objeto de nuestro estudio, se trata de una libre interpretación del célebre grupo escultórico de los museos vaticanos. El tema de la representación es el castigo del sacerdote troyano (Laocoonte) por los dioses que permitieron la caída de Troya tras avisar a sus vecinos del peligro que les acechaba. En cuanto a la identificación de los personajes: el sacerdote contempla con pavor la serpiente a punto de morderle; a su lado yace su hijo muerto; y a su extremo izquierdo, su otro vástago, que se debate entre la vida y la muerte; a la derecha, dos figuras contemplan ajenas el drama representado, difícilmente identificables —mucho se ha hablado al respecto y parece que nadie se pone de acuerdo, aunque han llegado a ser interpretados como deidades, Adán y Eva o troyanos genéricos—. Finalmente, de fondo, como escenario del drama, la Troya grequiana… Toledo.

A pesar de lo abundantemente representado que es el Laoconte, y más en esta época dada la cercanía de su descubrimiento (Roma: 1506), cabría preguntarse, dado que la interpretación de El Greco es absolutamente original, ¿por qué aborda este tema con tanto dinamismo y fuerza? Las investigaciones nos llevan a que se trata de un homenaje al arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, condenado por la Inquisición, lo que constituiría un símil con la historia del sacerdote troyano, ya que, por la voz profética acerca de los males, ambos fueron sancionados. De esta manera, Doménikos se presenta una vez más como visionario, en este caso del mal que aflige a España. Lo grotesco de las expresiones, y la pasividad de las figuras contempladoras, parecen simbolizar las diferentes actitudes de la España gobernada por el Tribunal del Santo Oficio.

En cuanto a las fuentes literarias empleadas por el cretense, dos son las posibles: La Eneida de Virgilio o El saqueo de Troya de Arctino de Mileto, y lo más probable, atendiendo a la representación del conjunto, es que fuera la segunda. Este hecho hablaría de la preparación intelectual de nuestro autor, ya que respecto con la anterior es algo más rebuscada. De hecho es sabido que fueron hallados en sus anaqueles diversos volúmenes de autores de la talla de Petrarca, Esopo o Hipócratres, entre muchos otros. También cabe la posibilidad de que nuestro autor visitara el conjunto escultórico en su estancia en Roma, lo que permitiría un mayor bagaje formal —y no tan necesariamente literario— a la hora de proyectar la composición.

Ya, despidiéndonos, otro de los aspectos a los que invita a hablar este cuadro es la relación de Toledo con El Greco. Muchas ciudades gozaron de su presencia: la isla de Creta lo vio nacer y crecer y Venecia y Roma fueron lugares que lo acogieron para bien del pintor. Sin embargo, España se antojó en su momento como una salida profesional irrechazable gracias a diferentes contactos que consiguió en la ciudad capitolina, aunque es bien sabido que Madrid, a pesar de diversas intentonas, no lo supo entender. Toledo, ciudad en la que se aseguró una plaza para descansar eternamente, fue la única que supo generar en él un mundo onírico, lleno de magia, de irrealidades, un stop definitivo en un incesante vagabundeo para un apátrida de semejantes condiciones. Le dotó de libertad y de un sentido moderno del arte que lo consagró como la bisagra perfecta hacia el siglo de oro español. Tal y como apunta Fernando Arrabal:

Toledo es la antesala española y su estancia definitiva. Su panacea, fuera del tiempo y el espacio. Invierte su geografía. Fue para el Greco: ciudad de cuerpos irreales, de placeres equívocos, de presente confuso, de eternidad bruta. Contemplando la ciudad, El Greco soñaba con la época prodigiosa de la primera vez. Mientras pintaba, empinado sobre el Tajo, se volvía fluido, tenue, impalpable como la brisa, enamorado de su amante y sobre todo del amor.


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